viernes, 14 de enero de 2011

Sentado en el 4.3.

Vuelvo a casa tras la revisión de un exámen. 4.3. Una nota lo suficientemente alta como para que me de rabia, pero lo suficientemente baja como para saber que hay que hacer las cosas bastante mejor. En la revisión lo de siempre, fallos que no habías apreciado, y apreciación bien distinta de lo punible que debe ser un fallo. Lo dicho, lo de siempre.

Vuelvo a casa y subo por las escaleras para enfriarme antes de volver a coger la mochila. Y subo un piso, dos tramos de escalera de diez peldaños cada uno; subo otro piso, y otro, y otro... y al llegar al piso cuarto, al encarar el noveno tramo cuento: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... y me paro. Miro hacia arriba, se ve el final de la escalera. Tras el esfuerzo de los ochenta y seis escalones precedentes parece fácil llegar a casa, ya que una vez allí, en el peldaño ochenta y seis está buena parte del trabajo hecho, pero esos catorce escalones restantes son los que más cuestan, las piernas están cansadas, comienza a acelerarse la respiración y el aliento...

Me siento en el peldaño ochenta y seis, y me quedo un rato en el 4.3, con la certeza de que en algún momento, más pronto que tarde me levantaré para afrontar lo que me resta de subida y llegar a casa. Como no puede ser de otra manera.

martes, 30 de noviembre de 2010

Crick, crock.

Voy hacia clase de estadística cuando durante el corto trayecto por la calle que me separa de la Escuela extiendo la mano y ¡Pop!, un copo de nieve aparece en mi dedo índice. Me paro, me lo acerco a la cara, seguro que tanto como para ponerme bizco, y lo observo con detenimiento. En sus bordes se aprecian ramificaciones dendríticas, que al calor de mi mano se suavizan, para dar lugar a bastoncillos de hielo que dan paso a una gota de agua de núcleo helado, y luego a una lupa de mi huella dactilar.
Llego a clase y se percibe algo especial. Ya desde el comienzo se nota como todo el mundo no para de mirar por la ventana, y hasta el profesor estrabía un ojo para ver los grandes copos que golpean violentamente silenciosos sobre la ventana. Y yo ya me veo crick, crock, dejando mis huellas a la espalda, o pisando sobre las de algún desconocido que recorrió mi camino poco antes. Crick, crock, ya se acaba la clase, crick, crock, ya bajo las escaleras, crick, crock, ya me asomo a la calle para ver la acera y observar que la hora que ha estado nevando no ha sido suficiente para más que mojar el suelo, y humedecer la ventolera que viene hacia mi cara. Triste me vuelvo a casa, con la punta de la nariz congelada, y la esperanza de que para la próxima dure más la nevada para poder disfrutar del ruido que hacen los zapatos al pisar la nieve. Crick, crock, crick, crock, crick, crock...

sábado, 27 de noviembre de 2010

Bitácora de un día perfecto

Pensaba dar detalles (de hecho hay un borrador minuciosamente escrito) porque no quería que se me pasase nada del día de hoy, pero no los doy porque no es necesario. No me di cuenta mientras lo vivía, pero el día hoy ha sido un claro ejemplo de lo que quiero que sea mi vida. Me sentía cansado; todo el día en la escuela (pero si estaba cansado será porque estaba aprovechando el tiempo). Descansé después hablando, cocinando y compartiendo. Y al final del día me voy a la cama, reventado, y no puedo dormir. Estoy pensando, y creo que estos días en los que no pasa nada remarcable pero en los que por contra haces lo que quieres (o al menos no te ves haciendo otra cosa), estos días son días perfectos. Hoy me lo he pasado genial en el aburrimiento, en el cansancio, en el aprendizaje y en la redundancia, en la conversación y en el silencio, en la presencia y en la ausencia. Seguro que hubiese sido superable, mas aunque sé que no ha sido el mejor día del mundo, juro que ha sido mejor que cualquiera. Espero que me queden muchos más de estos. Quizás no me pueda dormir no por la experiencia de hoy, sino por la incertidumbre de mañana...

sábado, 20 de noviembre de 2010

Delirium tremens

Quizás más adelante el tiempo pase con violencia, como olas en un temporal que te dejan marcas en la voz, en el cuerpo y en el alma, pero de momento noto como pasa suavemente, como un airecillo que alborota un poco los cabellos, pero que ni molesta ni asusta; al contrario, sienta bien y reconforta. Pasan ya días de cumplir veintiuno, y tras esa modesta cifra creo que tengo muy pocas marcas en la cara, en el cuerpo o en el alma, que todavía estoy en un proceso de formación y transformación total, que me queda mucho por vivir, casi todo diría yo, y que lo que pesa hasta ahora, lo que quema en la voz, en el cuerpo y en el alma es aquello, mucho o poco, que no se ha dicho, o no se ha hecho, y que se sabe que ya no va a volver. "Sabes mejor que yo que hasta los huesos sólo calan los besos que no has dado".
Creo que queremos que comience a arreciar el temporal, y también creo que en medio de la tormenta desearemos sólo un día de juventud, de transformación, de aprendizaje... será que vivimos demasiado bien.

viernes, 22 de octubre de 2010

No se si llamarlo envidia

No sé si llamar envidia lo que siento cuando veo las movilizaciones en Francia en contra de la reforma de las pensiones. Y no por el hecho de que esté de acuerdo con los manifestantes o no, porque realmente no lo sé, sino por el hecho de ver a la gente en la calle protestando por lo que creen que es justo. Incluso no estoy seguro de que esto sea así. Ni siquiera sé si las imágenes que veo son sesgadas, puestas ahí por los medios para dar parte de una formidable protesta que nunca ha existido. En especial me han llamado más la atención las imágenes de los estudiantes manifestándose en París, Lyon y demás ciudades francesas.
Dicen que han salido tres millones de personas a la calle, no se si fueron menos. Estas protestas, que trascienden a nivel internacional. refuerzan mi sensación de que en el país vecino van todos a una, de que se dejan aborregar menos que el resto de países; en definitiva, de que el poder de ese país emana realmente del pueblo (o que al menos lo intentan), y no de los políticos que les gobiernan; y todo esto me hace sentir cierta envidia. ¿Seríamos capaces de hacer lo mismo en España?, ¿La gente se echaría a la calle para protestar por lo que cree justo?

Quizás lo que me haga sentirme raro es la duda acerca de si todo lo anterior es cierto, o que quizás todo esto lo digo por ésta foto, que ha despertado mi espíritu revolucionario, no sé...


(Huelga decir que estoy en contra de toda huelga o protesta violenta y fuera de formas, pero desgraciadamente cafres los ha habido, los hay y los habrá siempre).

lunes, 18 de octubre de 2010

Curados de espanto

Creo que en ocasiones el arte entra en conflicto consigo mismo. Quizás es fruto de mis limitaciones, pero no puedo estar a todo, y fue lo que me pasó viendo "Ascenso y caída de la ciudad de Mahagony" (¿No era en alemán? La que yo vi fue toda en inglés), de Kurt Weill, en el Teatro Real ayer domingo. Y lo digo seguramente por ignorancia de la de verdad, no de la de falsa modestia, ya que no estoy acostumbrado a óperas tan modernas. Bueno, no estoy acostumbrado a obras de este corte, porque Lulú, de Berg, el año pasado me pareció espectacular, y mira que se llevó palos.

El hecho es que mis tribulaciones se ven agravadas porque conozco un poco la música de Weill, y me gusta bastante. Así que cuando estuve ante el espectacular montaje de La Fura dels Baus me vi desbordado. No podía atender, y disfrutar o lamentar, a los figurantes, al escenario, a la música, las voces, el coro.... Reconozco que al salir del Teatro mi sensación era la de haber visto un musical, no una ópera; con buenas voces, eso sí, alguna muy buena, como la de Measha Brueggergosman o Willard White, con una orquesta lucida aunque para mi gusto un poco "estruendosa" en exceso, (esto lo digo sin mucho criterio, pues estaba en las localidades de proscenio, justo encima del viento metal, lo que no es precisamente lo mejor para apreciar la sutileza, que esta obra la tiene), y con mucha gente en el escenario, que me distraía en ocasiones del disfrute de la música y del seguimiento de la obra.

Y sé que esta ópera está concebida en clave teatral, lo que me lleva a la siguiente reflexión: o bien el montaje era exagerado, que por las alabanzas recibidas se ve que no, o bien no me gusta tanto Kurt Weill como me parecía antes de entrar. No se que pensar...

Ah, y el revolcón de conciencia que debe suponer el ver esta obra... creo que ya estamos todos curados de espanto. Sin ir más lejos, en la parte trasera del Real duermen todos los días varios mendigos entre cartones, teniendo como único techo los soportales del Teatro. Si eso no ha removido a quién paga más de ciento sesenta euros por entrar, irónicamente sea dicho, a las casas de esa pobre gente, no creo que lo haga el ver la obra por la que pagan tanto dinero.

Bueno, ahí va un vídeo de la ópera, que tampoco es plan de ponerse trágicos:



P.D. ¡Viva el último minuto!

miércoles, 13 de octubre de 2010

El corte de pelo

Vuelvo a casa después de cortarme el pelo, con lo que eso me cuesta. Nótese que lo tenía bastante largo y que me lo han dejado bastante cortito. Me encuentro con mi compañero de piso, pongámosle por seudónimo Xisco.

-¿A ver como te han dejado? [Se gira en la silla, me mira y se empieza a reír] -Vaya, no está mal...
-¿Por qué te ríes?-Le pregunto yo.
-Porque cuando miento me río.
-¿Tan mal me han dejado?
-No, sólo que lo llevas muy corto y se te ve mucho la cara. [Dicho totalmente en serio, sin rastro alguno de sarcasmo, lo cual es bastante doloroso]
-Bueno [sin asimilar la humillación a la que me estoy viendo sometido, como si fuese lo más normal del mundo], pues ya me crecerá.
-Si, ya nos acostumbraremos- contesta Xisco.

Más tarde reflexiono sobre la conversación. Qué cabrón.

martes, 12 de octubre de 2010

Balance (a día de hoy)


Gano tortillas de patatas, pierdo a Trini y Virgi. Gano en el café mañanero, pierdo cruasán a la plancha. Gano un sofá, pierdo los periódicos. Gano una bañera, pierdo un baño. Gano un balconcito, pierdo el ruido de los coches. Gano Megavideo, pierdo Canal Plus Liga. Gano salón, pierdo comedor. Gano cocina, pierdo Jalima (¿se escribe así? nunca se lo pregunté). Gano portera, pierdo adióh. Gano nevera grande, pierdo nevera pequeña (que encanto tenía). Gano elegir vecinos, pierdo elegir cuando verlos. Me quedo con la cafetera, la música, la carrera (joder), la gente que importa (espero) y vivir en un quinto. Y todo aquello de lo que no me acuerdo por ser tonterías o por ser lo más importante.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Volver (o el comienzo del curso del Rincón)

Vuelvo tras bastante tiempo a ponerme al teclado. Tras mucho tiempo y tras muchas cosas, exámenes, aprobados, suspensos, casas, visitas, cenas, viajes, aprendizajes y olvidos... en fin, que no pretendo hacer un post profundo, sólo pretendo avisar a quien me lea de cuando en cuando que de cuando en cuando volveré a ponerme al teclado para contar cosas de mis exámenes, de mis aprobados y mis suspensos, de mi casa, de las visitas y las cenas, de mis viajes y de todo lo que pueda aprender u olvidar con todo ello.

martes, 3 de agosto de 2010

Caida

Mientras caía recordó aquella vez que... bueno, no estaba seguro de si lo había leído o lo había vivido. Ese era el problema de tener una vida tan monótona, que como válvula de escape hacía suyas historias vividas o inventadas por otros. Es igual. Tendría unos ocho o nueve años. Estaba en una iglesia, y el cura dijo: “Aunque los actos llevados a cabo por él fueron deleznables, estoy seguro que en el último momento se arrepintió de lo que hizo y pidió perdón al Señor, y por eso será enterrado en camposanto, y Dios le estará esperando para acogerle en su seno como a todos nosotros cuando llegue la hora, y nos encontraremos con él en ...”

Ya no recordaba más. No es que viese su vida pasar por delante, sólo que en ese momento tenía la mente lúcida y podía pensar con mucha claridad, como nunca en su vida. Al principio pensó que el tiempo iba lento, pero luego advirtió que era el el que pensaba muy rápido, y los recuerdos y las reflexiones surgían a borbotones, sin cesar.

Y así recordando los puntos claves de su vida, llegó a la conclusión de que si hubiese marcha atrás, que no la había, no lo repetiría. Quizás en eso el cura tenía razón, aunque sólo en parte. No había vuelto a la senda de los justos, ni pedía perdón al Señor Dios nuestro. Es que se daba cuenta de que todo lo que le había llevado a esa desagradable, aunque reveladora situación, tenían solución. Ahora lo veía claro. Sólo tenía que haber enfrentado las chanzas que le había presentado la vida. Además advirtió que las que se había tomado como las más trascendentes eran las más irrisorias, pues se solucionaban con unas cuantas palabras, cogiendo el metro a las seis en lugar de a la una y media, o yendo por la calle del medio en lugar de andarse con rodeos. Qué queréis, tampoco había vivido tanto, sus problemas no eran muy relevantes, pero para el fueron un mundo. Y para cuando aprendió a vivir, que ironía, tenía el suelo a unos pocos centímetros de su nariz. Su último pensamiento fue “¿Por qué siempre se lo que hay que hacer cuando no tengo tiempo?” Pudo pensar en más cosas, pero prefirió invertir sus últimas décimas en un escueto “¡Jod...!”